martes, 25 de diciembre de 2018
CAPITULO 17
Paula estaba temblando cuando llegó a su casa.
Se sentía como si todo su cuerpo estuviera en ebullición. Pedro la había rechazado, pero no se arrepentía. De haber podido estar de nuevo en el granero, le habría vuelto a declarar su amor.
Creía en la verdad.
En cuanto entró se abrazó a sí misma. Tenía que existir un modo que conseguir al hombre que amaba. Cocinaría dulces hasta que lo lograra, y le llevaría comida hasta que cediera.
Lo abrazaría y se declararía a él una y otra vez hasta que respondiera.
De repente sintió que las piernas no la sostenían. Era una mujer muy obstinada, pero ni toda la fuerza del mundo conseguiría que Pedro la amase. El amor era cosa de dos.
Decidió comportarse como la mujer de treinta años que era, dedicándose a sus responsabilidades y alejándose de Pedro Alfonso a la espera de que ocurriera un milagro.
Se quitó la ropa, la dejó en la cesta del cuarto de baño y se metió en la cama, sola.
CAPITULO 16
Durante un instante Pedro se preguntó qué pasaría si se dejara llevar y le declarase su amor. Tal vez pudiera ser feliz con ella para siempre. Tal vez pudieran romper la evidencia de todas las estadísticas. Pero era una idea estúpida. Una mujer como ella no sobreviviría en Seattle. Era un lugar mucho más duro, con una sociedad muy distinta a la de Túpelo. Una mujer de campo como Paula se moriría en la ciudad.
La cogió de la mano, apretó, y la miró a los ojos.
—Lo siento, Paula, siento que esto haya ocurrido.
—¿Estás echándome, Pedro?
—Yo… No. No volveré a hacer tal cosa nunca, pero quiero que sepas que no hay esperanza. No tiene nada que ver contigo. Eres la mujer cariñosa, sincera y apasionada que pareces ser, y lamento que sientas tanto afecto por un hombre como yo —dijo, soltándola y metiéndose las manos en los bolsillos—. No soy la persona que necesitas, Paula.
Paula supo que había perdido, al menos por aquella noche. No podía hacer nada más, ni decir nada más. Era un hombre implacable.
—En ocasiones pueden producirse milagros, Pedro —dijo con suavidad.
Entonces se levantó y se marchó.
Él escuchó sus pasos, deseando llamarla para que volviera. Pero no habría sido una buena idea.
Había hecho lo correcto. Era lo mejor para ambos. No debían involucrarse emocionalmente, sabiendo que acabaría rompiéndole el corazón.
Cuando escuchó que su coche se perdía en la distancia, dio la vuelta y miró hacia el exterior. El vehículo de Paula desapareció en la carretera. Le resultó divertida la terrible angustia que sentía, aunque no se hubiera comprometido a nada.
CAPITULO 15
Paula sabía que estaba haciendo lo correcto. No lo había planeado. Sencillamente había sido algo instintivo. Se había enamorado de un hombre del que nunca se habría enamorado si aquellas cosas dependieran del sentido común.
Pedro era la persona opuesta a la que había imaginado siempre, pero a pesar de ello era bueno, cariñoso y tenía sentido del humor, aunque hiciera todo lo posible para que no se notara. Pensó que si se entregaba a él de todo corazón conseguiría que la creyera y al tiempo lograría que se rompieran todas sus barreras.
Entró en el piso superior, iluminado por la luz de la luna que entraba por la gran ventana. Esperó a que Pedro se le uniera y en cuanto lo hizo lo cogió de la mano.
—Ven. Hagamos el amor, Pedro.
Lo arrojó sobre el heno. Ambos respiraron la fragancia del lugar, apretados el uno contra el otro.
Paula le puso una mano en la nuca y se dejó llevar. En cuanto lo tocó su amor empezó a hacer el resto.
Encajaban perfectamente.
—Ámame, Pedro —susurró, sintiendo sus labios en la mejilla—. Ámame.
—Paula, Paula…
Nada era suficiente para Pedro. Era absolutamente deliciosa. Y tenía la impresión de que estaba siendo sincera. Una sinceridad que dificultaba aún más su resistencia.
Pero no tenía intención de aprovecharse de aquella mujer por mucho que la deseara. Sin embargo, no era capaz de apartarse de ella, al menos no de inmediato. La besó de nuevo y jugueteó con la lengua en su boca. Ella respondió entregándose de tal modo que estuvo a punto de romper todas sus barreras.
Paula le sacó la camisa del pantalón y empezó a acariciarle la espalda. El contacto de sus manos lo estremeció. A punto estuvo de tomarla allí mismo, sin pensar. La besó en el cuello y apartó el cuello de su jersey. Olía tan bien que lo volvía loco.
Mareado por la pasión, se incorporó sobre los codos para mirarla.
—¿Sabes lo que estás haciendo, Paula?
—Sí.
La miró un buen rato, intentando leer algo en sus ojos. Pero sólo vio inocencia y un amor abierto y radiante.
—¿Sabes lo difícil que es para un hombre echarse atrás después de haber llegado a cierto punto?
—No quiero que te eches atrás. Por favor, Pedro.
—No sabes lo que pides.
—No te pido nada, sólo quiero darte —dijo, acariciando sus labios—. Hazme el amor.
—Estás tentándome. ¿Sabes lo que un hombre como yo puede hacer a una inocente mujer como tú?
Su suave cabello le acariciaba la cara, pero a pesar de lo que sentía la miró con firmeza.
—Eres un hombre maravilloso. Pero creo que no te das la oportunidad de reconocerlo ante ti mismo.
—No me tomes por un santo. Te decepcionaría —dijo, sentándose—. Vete a casa, Paula.
Le quitó un poco de heno de la falda y le colocó bien el jersey. Sólo el músculo tenso de su barbilla denotó la tormenta que se desarrollaba en su interior.
—No, Pedro —susurró ella.
—No puedes quedarte aquí. Es demasiado tentador… Y ya he alcanzado mi límite.
—¿Estás echándome?
Pedro permaneció en silencio un buen rato, observándola. De repente la cogió por los hombros y la atrajo tanto hacia sí que sus narices casi chocaban.
—No pierdas el tiempo con un hombre como yo.
—Te amo.
—No creo en el amor.
Ella no se dio por vencida. En su mundo el amor significaba todo, y acababa de empezar a luchar.
—El amor no es un objetivo intelectual —explicó ella, acariciando su mejilla—. ¿Qué sientes? Me importa mucho lo que piensas, pero ahora sólo quiero saber lo que sientes. Porque sé que sientes algo por mí. Lo sé por la manera en que me abrazas, por el modo en que me besas. Dime que sientes el mismo calor y la misma alegría que yo siento. Dímelo.
Pedro permaneció en silencio. Se encontraban en un estado de ensoñación, con la luz de la luna iluminándolos y las estrellas brillando en el cielo, pero la pasión que sentían era más que real. De repente, Pedro la apartó de su lado.
—No puedo contarte los cuentos de hadas que esperas escuchar, Paula. No puedo prometerte amor, matrimonio, y una vida feliz. Soy un hombre duro y frío que se gana la vida defendiendo a personas ante las que te estremecerías. Vete a casa, Paula. Encuentra a un hombre que pueda darte una pequeña y encantadora casa, tres niños, un gran perro y todas esas cosas. Encuentra a alguien que esté hecho para presentarse a presidente de la asociación de vecinos o para trabajar con los Boy Scouts. Encuentra a un hombre que te merezca.
Ella permaneció en silencio un buen rato, pero al final habló con determinación.
—No te estoy pidiendo ningún compromiso. Te deseo. Te deseo a ti, Pedro.
Se alegró tanto de oír aquella frase que casi sintió vergüenza.
—Paula Chaves, eres la mujer más cabezota que he conocido en mi vida.
Ella sonrió.
—Gracias.
Pedro luchó entre la necesidad que sentía de abrazarla y el deseo de hacer lo que consideraba más apropiado. Durante muchos años había mantenido un férreo control sobre su vida, manteniéndolo todo en orden. Paula había destrozado su equilibrio, sorprendiéndolo con la guardia baja. Se sentía como si tuviera que enfrentarse a un juicio sin haberlo preparado.
—No quiero hacerte daño, Paula. Ya te he herido bastante.
—Los dos hemos dicho muchas cosas llevados por la ira. Y no creo que ninguno de los dos hablara en serio.
—Eres demasiado generosa conmigo.
—Te amo.
CAPITULO 14
Henry empezó a rebuznar a las nueve en punto del sábado por la noche. Pedro y Ramon estaban sentados jugando a las damas cuando empezó su concierto.
—¿Qué le ocurre a Henry? —preguntó Pedro.
—Probablemente va a llover. Sabes que siempre rebuzna así antes de una buena tormenta.
—El hombre del tiempo no dijo nada.
—Bah, ¿qué saben ellos? Henry puede predecir mejor el tiempo —dijo con ironía, sonriendo—. No estás prestando atención al juego esta noche, Pedrito. Paula te pegaría una buena paliza.
—Eso es lo mismo que dijiste con respecto a la envoltura de mi regalo.
—Debiste haberla llamado para que lo hiciera, como te dije. Le habría puesto un bonito lazo. Claro que Paula lo hace todo bien. Y es inteligente. ¿No te he contado que ganó un premio como profesora?
—Es la tercera vez que me lo cuentas. Estás tentando a tu suerte, tío Ramon.
Henry cada vez rebuznaba más fuerte.
—¿Qué demonios le ocurre a ese burro?
—Supongo que está enfadado porque dijiste que no podía ir con Paula. Paula le cae bien.
Pedro no le dijo a su tío lo bien que le caía a él.
Estaba a punto de enamorarse, y no quería arriesgarse, puesto que el matrimonio no entraba en sus planes. No quiso decirle nada, porque no quería darle falsas esperanzas.
De repente se levantó.
—Voy al granero a ver qué le pasa.
—No creo que consigas tranquilizarlo —dijo su tío, sonriendo.
Quince minutos más tarde, regresó.
—Parece que se ha vuelto loco —dijo Pedro, empezando a pasear por la habitación—. Está coceando la valla de su corral. Nunca lo había visto así.
—¿Por qué no lo has calmado, Pedro?
—No ha dejado que me acerque a él.
—Llamaré a Paula. Ella lo tranquilizará.
—Es mi problema y yo me ocuparé. Se está haciendo tarde. Vete a la cama. Si Henry sigue así llamaré al veterinario. Puede que le duela el estómago.
Apenas salió de la casa, Ramon cogió el teléfono. No tuvo que mirar el listín; recordaba de memoria el número de Paula.
Paula estaba a punto de irse a la cama cuando sonó el teléfono. Y en cuanto oyó la voz de Ramon se asustó.
—¿Ocurre algo?
—No, todo estará bien cuando vengas.
—¿Estás enfermo?
—No, en absoluto. Pero me sentiré incluso mejor que ahora cuando llegues.
Paula miró el reloj. Eran las nueve y media. En circunstancias normales no habría dudado, pero no deseaba presentarse allí en plena noche con Pedro cerca.
—¿Dónde está Pedro?
—En el granero.
—¿A estas horas?
—Paula, te necesito aquí de inmediato. Henry se ha vuelto loco y Pedro no consigue calmarlo.
—Tío Ramon, sabes que siempre hago todo lo posible por ayudarte, pero Pedro es perfectamente capaz de ocuparse de ello.
—Vaya, al parecer ya no me quieres nada.
Paula rió.
—Eso es chantaje emocional.
—Si no vienes es posible que me ponga realmente enfermo. Puede que hasta deje de comer.
No sabía qué hacer. Ramon era demasiado inteligente como para dejar de comer así como así. Por otra parte, no quería correr riesgos. Y encontrarse de nuevo con Pedro era un riesgo terrible.
—Muy bien, iré.
Incluso al colgar el teléfono supo que la razón por la que había accedido no era sólo el posible estado de salud de Ramon. Pedro Alfonso era el motivo principal. Necesitaba verlo. Nunca había soñado que el amor pudiera ser así. No imaginaba que se pudiera desear tanto ver a la persona amada, aunque sólo fuera durante el corto espacio de unos minutos, y aunque aquel amor no fuera recíproco.
Tardó veinte minutos en llegar a la granja.
Ramon estaba esperándola.
—¿Qué ocurre con Henry? —preguntó, sentándose a su lado.
—Cebollas.
—¿Cebollas?
—Ya sabes lo mucho que las odia. Até un montón de cebollas en la valla de su corral, y desde entonces no ha dejado de rebuznar.
—¡Tío Ramon! ¿Por qué has hecho eso? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
Obviamente estaba desempeñando el papel de celestina.
—Quiero tener nietos, y al darme cuenta del modo en que os miráis Pedro y tú he pensado que podía hacer algo para que estuvierais juntos.
—Oh, tío Ramon… Pedro no me quiere. De hecho, ni siquiera creo que le guste. Al parecer está enamorado de una mujer de Seattle.
La voz se le quebró. Sabía que no debía hablar sobre él. No era el lugar adecuado, y ni siquiera tenía derecho a hacerlo.
—¿Y tú? ¿Estás enamorada de él?
La pregunta la sorprendió. Pedro iba a regresar a Seattle y ella se quedaría allí, trabajando en lo de siempre, con el corazón roto y soltera. No tenía sentido dar pie a falsas esperanzas, pero no sabía mentir.
—Sí, lo amo.
—No hay ninguna otra mujer, Paula. Deja que te cuente una pequeña historia…
El tío Ramon tardó diez minutos en contarle la historia de los padres de Pedro, y los años que este había pasado encargándose de los casos de divorcio en los tribunales, hasta conseguir tener aversión a cualquier compromiso. Blake era un hombre muy inteligente. Comprendía bien a su sobrino y lo quería mucho. Aquello la emocionó.
Cuando terminó de hablar, Paula permaneció en silencio unos segundos antes de inclinarse y darle un beso en la mejilla.
—¿Por qué no te vas a la cama?
—¿A dónde vas, Paula?
—Al granero. Tengo que domar a dos bestias.
Pedro no la oyó al entrar. Henry hacía demasiado ruido. Había estado intentando tranquilizarlo un buen rato, pero el animal seguía dando coces como si estuviera endemoniado.
—Tranquilo, chico, tranquilo. Nadie va a hacerte ningún daño, Henry. Tranquilízate. Vamos, deja que vea qué es lo que te molesta.
Sin embargo, no podía aproximarse por miedo a sus coces.
—Yo sé qué le molesta.
Pedro se dio la vuelta al oír su voz. Estaba de pie en el oscuro granero, iluminado por un rayo de luna. En cuanto la vio sintió una intensa alegría y tuvo la impresión de que su cuerpo flotaba. Era como estar en el cielo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Me ha llamado tu tío Ramon.
Se miraron fijamente, tensos como dos gladiadores a punto de luchar en la arena. Paula lo amaba tanto que quería arrojarse en sus brazos, pero debía comportarse con cautela. En cuanto a él, tuvo que meterse las manos en los bolsillos para no tocarla.
Los rebuznos de Henry los devolvieron a la realidad. Paula rozó a Pedro al pasar, dejando aquella fragancia a su paso. Cuando vio que estaba dispuesta a entrar en el corral, la cogió por los hombros y dijo:
—No puedes entrar ahí. Te golpeará.
—Tengo que quitar esas cebollas para que se tranquilice.
—¿De qué estás hablando?
—Ramon las ha puesto ahí para que se enfade.
—Maldita sea, debí haberlo sospechado. ¿Sabes dónde están?
—En ese clavo que hay al fondo.
Pedro la soltó y entró en el corral. Paula tuvo miedo de que Henry lo coceara. De repente ya no le importaba que le hubiera hecho un regalo a otra mujer, ni que estuviera comprometido, ni que tuviera intención de regresar a Seattle.
Quería decirle lo que sentía por él.
—Pedro, espera… Ten cuidado. No podría soportar que algo te sucediese.
Pedro se quedó sin habla. Nunca lo habían hecho sentirse tan especial. Nunca había sentido que la preocupación de una mujer le llegara tan hondo. Deseaba permanecer allí para siempre, sintiendo sus manos en las mejillas.
Deseaba que desapareciera todo el mundo y que no existiera nada más que Paula y aquel cálido y maravilloso granero lleno de olores atrayentes, cubierto por una capa de heno de infinitas posibilidades. A pesar de su instinto, había dejado que aquella mujer entrara de lleno en su corazón.
Tuvo miedo. Podía enfrentarse a cualquier caso en Seattle, pero no sabía enfrentarse al amor.
—Henry no me hará nada —dijo con brusquedad—. Tranquilízate, Henry. Voy a quitar las cebollas.
Pedro no supo nunca si el burro lo comprendió o si se tranquilizó ante su tono imperativo. En cualquier caso, permaneció muy quieto mientras quitaba las cebollas y las sacaba fuera. En el frío de la noche, pensó en marcharse a la casa y dejar sola a Paula. Habría sido una salida muy fácil, y tal vez sabia. Enamorarse no formaba parte de sus planes. Y no sabía qué hacer con el amor que sentía.
Miró las estrellas como si la respuesta estuviera en el cielo. Pero no vio nada salvo una oscuridad inmensa y un montón de luces brillantes. La puerta del granero se abrió a su espalda y de inmediato sintió su irresistible presencia. Nunca había retrocedido ante un reto, de modo que volvió al viejo edificio.
Paula estaba acariciando al animal, y hablándole con voz melodiosa. Sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión e imaginó que le hablaba a él con idéntico tono. La visión era tan real que gimió.
—¿Pedro? —preguntó ella, dándose la vuelta.
Durante un instante permaneció sin hacer nada, mirándolo y sonriendo con una cara tan radiante como la de un ángel. Pero entonces salió corriendo. Pedro la detuvo de inmediato y la abrazó.
—Oh, Pedro, creo que me habría muerto si Henry te hubiera hecho algo —dijo, mirándolo.
Pedro agarró su pequeña cintura con más fuerza. Quería creer en lo que estaba oyendo, pero no podía.
—No tenías que preocuparte.
—¿Es que no te das cuenta de lo que ocurre? ¿Es que no lo ves? —preguntó, acariciándole la mejilla—. Te amo, Pedro. No quería decírtelo, sobre todo sabiendo lo que sientes por mí, pero…
—No sabes lo que siento por ti —dijo él con voz profunda y sensual.
Pedro no creía que pudiera enamorarse de nuevo, pero había sucedido. Tal vez sólo creyera en lo que había dicho porque necesitaba creerlo.
Tal vez la pasión había conseguido que perdiera toda perspectiva.
En cualquier caso le resultaba casi imposible no rendirse, no cogerla en brazos y tenderla sobre el heno. Pero aunque consiguiera controlar su corazón y su cuerpo, aún no podía dominar su mente.
La observó, esperanzado. Habría sido fácil dejarse llevar y olvidarse del mundo real.
—No espero nada de ti, Pedro. No es necesario que digas algo que no sientas, pero quiero ser sincera contigo. Te amo. No quería que esto ocurriese, pero ha sucedido —confesó, inclinándose tanto que pudo sentir su aliento en la mejilla—. Te amo.
—Demuéstralo —dijo él, sintiéndose culpable.
—Ven.
Entonces lo cogió de la mano y se lo llevó hacia el heno.
—¿A dónde vamos? —preguntó él.
Quería oír las palabras. Quería estar absolutamente seguro de que sabía lo que estaba haciendo.
—Arriba. Te amo, Pedro, y quiero darte el mejor regalo que tengo, yo misma.
Una pajita de heno cayó sobre su jersey rosa.
Pedro pensó que aquello sólo era una trampa, pero su cuerpo ya no respondía. Tal vez fuera pasión o curiosidad, pero tenía que ver hasta dónde era capaz de llegar el regalo de Paula. La siguió escaleras arriba y la cogió por la cintura para ayudarla a subir.
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